miércoles, 18 de octubre de 2017

EL AFÁN POR DESPUNTAR

Desde que en 1896 se llevaran a cabo los Juegos Olímpicos en Atenas, tras la idea de Pierre Coubertin inspirada en los Juegos Olímpicos de Zappas, han sido muchos los casos de dopaje que han salido a la luz. El dopaje es el uso de sustancias, grupos farmacológicos prohibidos y de los métodos no reglamentarios, por parte de un deportista. Éste es conducido por un deseo de destacar y un sentimiento competitivo a efectuar actos indebidos destinados a aumentar sus capacidades físicas y mejorar los resultados deportivos. Para poder erradicar esta práctica ilícita se creó lo que se llama el control de dopaje, recogido en la Disposición 2453 del BOE núm. 61 de 2016, procedimiento a través del cual se pueden detectar irregularidades llevadas a cabo por dichos atletas. Este sistema, aunque parezca actual no lo es. En la Grecia antigua ya se utilizaban ciertos componentes como: la jalea real, bebidas a base de hierbas o el aguardiente, incluso los cocineros suministraban trozos de pan con propiedades analgésicas para obtener un mayor rendimiento. Por aquellos tiempos, tal y como quedó recogido por el emperador romano, Teodosio, ya había “un foco de trampas, afrentas a la dignidad humana y al dopaje”, por lo que en el año 395 d.C., lo prohibió.
Esta praxis no empezó a verse como un problema hasta finales del s.XIX, en donde se realizaba sin tapujos.
En 1928 se dieron los primeros intentos para erradicar su uso de la mano de la IAAF (Federación Internacional de Atletismo), a quien se unieron más Federaciones Deportivas Internacionales, pero no surgió efecto al no realizarse controles. Dos años después se sumó otro obstáculo, la incorporación de las hormonas sintéticas con la consecuente muerte de deportistas como la del ciclista danés Knud Enemark Jensen mientras competía durante los Juegos Olímpicos de Roma 1960, o la de Tom Simpson durante el Tour de Francia en 1967, lo que llevó al año siguiente en los Juegos Olímpicos de Invierno en Grenoble y los de México a instaurar controles antidoping. A partir de aquí, se han ido manifestando nuevas irregularidades como las transfusiones de sangre o la estimulación cerebral que conducen a nuevos desafíos en un intento de suplir este hábito con controles más exhaustivos.
En la actualidad, tras indagar en el Anuario de Estadísticas Deportivas de 2017, se puede comprobar según los datos de la Agencia Española de Protección de la Salud en el Deporte, que en el año 2015 se realizaron 1,3 análisis por cada 1.000 federados, alcanzando un total de 4.477 muestras fisiológicas analizadas, un 0,2% más que en 2014. De todas las muestras analizadas, solo 32 de éstas dieron resultado adverso con presencia de sustancias no justificadas por Autorizaciones para el Uso Terapéutico, 25 de ellas de hombres y 7 de mujeres, es decir, en un 99,3 % del total no se observa presencia de una sustancia prohibida o evidencia del uso de métodos prohibidos. En dichos resultados, los dos apartados más predominantes son las sustancias prohibidas, despuntando los diuréticos y agentes enmascarantes con un 14,7% en 2015, un 9,4% menos que el año anterior; y las sustancias prohibidas en competición sobresaliendo los cannabinoides con un 12,7% más entre un año y otro. En este sentido, las autorizaciones de uso terapéutico en vigor en 2015 descienden a 594, de las que 419 corresponden a hombres y 175 a mujeres.
Tras este desglose, se puede comprobar cómo año tras año se van supliendo los usos prohibitivos gracias a pruebas más detalladas, aunque aún queda trabajo por hacer, ya que la cultura del dopaje sigue presente con técnicas mucho más avanzadas que pueden llegar a ser más difíciles de detectar como: microdosis de productos dopantes, medicamentos para oxigenar los músculos, terapias de ozono o combinaciones de tranquilizantes y antidepresivos. Además, de otros obstáculos para mejorar esta lucha como la debilidad financiera.

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